La relación entre el periodista y el entrevistado puede ser muy difícil. Es un contrato a veces difuso en el que las expectativas de ambos difieren en la mayoría de los casos. Uno puede buscar algo muy diferente al otro. En el fondo, ambos son animales de reputación que buscan maximizar su ganancia. El entrevistado quiere la mejor imagen posible, y el periodista quiere la mejor entrevista posible, y es obvio que esto es casi siempre incompatible.
Nadie fue más extremista en la descripción de esta relación que la periodista de The New Yorker, Janet Malcolm. Así arranca su libro, El periodista y el asesino (1990):
“Todo periodista que no sea tan estúpido o engreído como para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible. El periodista es una especie de hombre de confianza, que explota la vanidad, la ignorancia o la soledad de las personas, que se gana la confianza de éstas para luego traicionarlas sin remordimiento alguno. Lo mismo que la crédula viuda que un día se despierta para comprobar que el joven encantador se ha marchado con todos sus ahorros, el que accedió a ser entrevistado aprende su dura lección cuando aparece el artículo o el libro. Los periodistas justifican su traición de varias maneras según sus temperamentos. Los más pomposos hablan de libertad de expresión y dicen que ‘el pueblo tiene derecho a saber’; los menos talentosos hablan sobre arte y los más decentes murmuran algo sobre ganarse la vida” (p. 23).
El libro es sobre la relación que un periodista muy reconocido en Estados Unidos, Joe McGinniss, mantuvo con un supuesto criminal acusado de asesinar a su propia esposa y sus dos pequeñas hijas, Jefrey MacDonald. McGinniss escribió un libro, Fatal Vision, con todo el apoyo de MacDonald, formalizado en un contrato, pero en el libro McGinniss lo declara culpable. Después de haber simulado durante los años de elaboración del trabajo que era injusto que estuviese en la cárcel, MacDonald se entera del contenido del libro durante la entrevista que le hace Mike Wallace, en el programa periodístico de televisión más famoso de los Estados Unidos, 60 Minutes. Su sorpresa es enorme: el periodista al que él le había dado la exclusividad había escrito una historia muy diferente a la que él quería contar. En su libro, MacDonald era el asesino de su familia.
Malcolm cierra así su libro: “Afortunadamente para los lectores y los autores, la naturaleza humana garantiza que nunca habrán de faltar personas dispuestas a ser tema de los autores. Lo mismo que los jóvenes y doncellas aztecas elegidos para el sacrificio, que vivían en medio de los deleites y la abundancia hasta que llegaba el día señalado para que se les extrajeran del pecho sus corazones, las personas que son objeto de tratamiento periodístico saben demasiado bien lo que les aguarda cuando se terminan los días de vino y rosas, es decir, los días de las entrevistas. Y aun asienten cuando un periodista solicita entrevistarlos y se quedan pasmados cuando ven el relucir del puñal” (p. 211).